miércoles, enero 28, 2026

El que llega a tiempo

  

Por Fernando Pequeño.

Construido con Claude IA, a partir de vivencia cotidiana; sobre los conceptos de 
"herida colonial"  y "herida neoliberal". 

La "herida colonial" se describe en el texto como una estructura tradicional de vínculos en la finca, arraigada en dinámicas de poder heredadas del colonialismo. Con este concepto busco emancipar y reconstruir mediante una presencia disruptiva y reflexiva, alterando el statu quo familiar y productivo. 
 
Esta herida se conecta con la "herida neoliberal", presentada como una lógica de capital extractivo que prioriza la eficiencia económica sobre la vida, manifestándose en patrones de negligencia como "llegar tarde" a emergencias (ej. muerte de la yegua por cólico), lo que genera pérdidas evitables de animales.
 
En las consecuencias para la protección del monte y el trabajo rural, ambas heridas convergen en políticas extractivistas que despojan el territorio: la colonial, al imponer jerarquías humanas sobre no humanos que ignoran ritmos ecológicos; la neoliberal, al acelerar la deforestación para monocultivos o ganadería intensiva, destruyendo hábitats del monte salteño y precarizando el trabajo rural mediante temporalidad y bajos salarios, afectando la vida de comunidades, animales y ecosistemas interdependientes.
 
 

Cuando Mateo volvió del pueblo esa tarde, traía en el bolsillo un billete arrugado y una certeza nueva: el dinero podía ser también una forma de decir "hasta aquí". No culpa, no degradación. Solo un límite claro, casi limpio. Había pagado por lo que quería sin disculparse, y por primera vez en mucho tiempo, se sintió dueño de su propio deseo.

Pero la claridad del pueblo se desvaneció al llegar a la finca.

La yegua había muerto de cólico en la madrugada. Nadie la había visto a tiempo. Nadie había estado cerca. Como siempre.

—Estas cosas pasan —dijo su hermano, sin levantar la vista del teléfono.

—Pasan porque nadie mira —respondió Mateo.

Su hermano alzó la cabeza entonces, con esa mezcla de cansancio y agresión que Mateo ya conocía bien. Era la misma expresión de cuando hablaban de los perros envenenados el año anterior, o de la vaca que se desangró sola en el potrero porque nadie chequeó la cerca. Siempre la misma estructura: llegar tarde, explicar que fue inevitable, seguir adelante.

—¿Y vos qué sabés? —escupió su hermano—. Venís dos días al mes y querés cambiar todo.

Mateo sintió la rabia trepar por su garganta, pero también algo más frío, más lúcido: su hermano tenía razón y no la tenía. Era cierto que él llegaba de afuera, que su presencia era intermitente. Pero también era cierto que cada vez que llegaba, algo se movía. Una pregunta incómoda. Una muerte que ya no podía ignorarse.

Su madre intervino desde la cocina, con esa voz que buscaba aplacar sin tomar partido:

—No empiecen, por favor.

Pero ya habían empezado hacía años. Desde que Mateo dejó de aceptar que "así son las cosas". Desde que comenzó a nombrar lo que veía: la tierra tratada como máquina, los animales como números, la gente del campo como piezas reemplazables. Una lógica heredada, antigua, que sangraba por todos lados pero se negaba a reconocer la herida.

Esa noche, Mateo salió a caminar por el terreno. La luna iluminaba los surcos vacíos, el galpón donde la yegua había muerto sola. Pensó en el billete arrugado de la mañana, en cómo había usado el dinero para trazar una frontera. Y se preguntó si podía hacer lo mismo aquí: establecer límites, decir "no más" sin esperar permiso.

Sabía que su familia lo vería como un intruso. Sabía que cada conversación sería una pelea, cada cambio, una afrenta. Pero también sabía que su sola presencia —esa presencia que preguntaba, que se negaba a llegar tarde— ya estaba fracturando algo.

No era el salvador. No era el hijo pródigo. Era, simplemente, el que se había atrevido a mirar de frente la herida y a decir su nombre: esto que llamamos progreso es, en realidad, abandono. Esto que llamamos tradición es, muchas veces, violencia naturalizada.

Volvió a la casa cuando ya amanecía. Su hermano dormía. Su madre preparaba café. Todo parecía igual, pero Mateo sabía que no lo era. Algo se había movido, aunque fuera apenas un milímetro.

Tomó el café en silencio y miró por la ventana el potrero donde la yegua ya no estaba.

—No voy a dejar de venir —dijo, más para sí mismo que para su madre.

Ella no respondió, pero tampoco fue necesario. Ambos sabían que esa era, quizás, la única forma de empezar: llegando. A tiempo.

martes, enero 27, 2026

Cuento corto. La Geometría del Deseo: entre Matias! y Carlos, y Marcelo. Transitando

 Por Fernando Pequeño.

Construido con Claude, a partir de notas como "oyente empático"
y las obras teóricas de Perlongher, Illouz y Zelizer. 

El concepto de "oyente empático" se define como un interlocutor cuya función principal no es solo recolectar información, sino guiar la conversación mediante preguntas que permitan al hablante desarrollar su historia con profundidad, ordenando el relato y facilitando la reflexión sobre sus propias vivencias. Este rol es fundamental en contextos donde el diálogo actúa como un dispositivo de reconocimiento y validación emocional.

Primera parte: Los territorios del hambre

Matías caminaba por la calle Balcarce calculando mentalmente el peso de las monedas en su bolsillo. Tres mil pesos. Suficiente para dos días de pieza, o cinco si dormía en el banco de la fundación. La matemática de la supervivencia era su única certeza en un mundo donde todo lo demás fluía sin anclas.

El mensaje llegó a las once de la noche: "¿Estás disponible? Te pago bien."

Era Carlos, el ingeniero. Hacía tres meses que no sabía de él.

Matías recordó la primera vez que lo conoció, en un café del centro. Carlos tenía cuarenta y cinco años, un departamento con vista al cerro, y una soledad que se palpaba como el polvo en el aire. La propuesta había sido clara: vivir juntos, tener todo lo necesario, a cambio de "compañía constante". Una palabra elegante para nombrar lo que los dos sabían que significaba.

Al principio pareció un acuerdo perfecto. Matías dejó de alquilar piezas por día. Comía tres veces. Tenía agua caliente todas las mañanas. Pero la balanza se inclinó rápido. Carlos quería sexo cada noche, a veces dos veces, con una insistencia que convertía el deseo en trabajo, y el trabajo en obligación. No había conversación, no había interés por lo que Matías pensaba o sentía. Solo el cuerpo, siempre el cuerpo.

"Era muy cargoso sexualmente", recordaba Matías. Como si su presencia fuera solo un instrumento, una herramienta para llenar el vacío de otro.

Una noche, después de negarse por tercera vez en la semana, Carlos fue directo: "Si no te interesa cumplir el trato, tal vez sea mejor que busques otro lugar."

Matías juntó sus cosas esa misma madrugada.

Ahora, el mensaje parpadeaba en la pantalla. "Te pago bien." La lógica transaccional había sido explícita desde el inicio. Perlongher habría visto en este vínculo la forma más pura del negocio del deseo: el dinero como excusa para que dos pulsiones se encuentren sin compromisos afectivos, sin nombres para lo innombrable. Carlos compraba no solo un cuerpo, sino la ilusión de una virilidad que Matías vendía con la precisión de quien ha aprendido que sobrevivir requiere convertir todo en mercancía.

Matías guardó el teléfono sin responder.

Segunda parte: El mapa de las afecciones

La fundación olía a mate cocido y a ropa lavada con jabón blanco. Matías llegó al mediodía, cuando el sol pegaba fuerte sobre el patio de tierra. Algunos compañeros fumaban en la sombra, otros dormían la siesta en las colchonetas del salón.

—Mati, ¿cómo andás? —le gritó el Toto desde el fondo.

—Tirando, hermano. ¿Vos?

—Acá, tratando de no cagarla.

Matías sonrió. El Toto estaba limpio hacía dos semanas, un récord para alguien que había vivido pegado al paco durante años. Era Matías quien le había hablado, quien le había mostrado que había otro camino.

"¿Cómo haces para comprar tu trabajo, amigo?", le había dicho una tarde. "Yo no me gasto en droga, me compro ropa. Mirá." Y le había mostrado las zapatillas nuevas, compradas con la plata de un cliente.

Esa tarde, mientras compartían unos mates, Matías recibió otro mensaje. Marcelo.

"Hola, Mati. ¿Querés venir a comer el domingo? Estamos haciendo asado."

El estómago se le hizo un nudo. Marcelo era otra cosa.

Lo había conocido seis meses después de dejar la casa de Carlos, cuando Matías había tocado fondo con las changas y necesitaba un lugar donde quedarse. Marcelo tenía cincuenta años, trabajaba en una empresa de logística, y vivía solo en una casa grande en el barrio Tres Cerritos.

Al principio fue lo mismo: un acuerdo tácito. Pero algo cambió a las pocas semanas. Marcelo cocinaba para los dos, le preguntaba cómo le había ido en el día, le presentó a sus hermanas. No había demandas sexuales constantes. Había risas. Había conversación hasta las dos de la mañana sobre la vida, sobre los miedos, sobre las ganas de ser alguien distinto.

Una noche, tres meses después de convivir, Matías le dijo que se iba.

—¿Por qué? —preguntó Marcelo con la voz quebrada.

—Porque no quiero que esto sea… lo que fue con el otro tipo.

—Pero esto no es eso, Mati. Yo… —Marcelo se detuvo, respiró hondo—. Yo estoy enamorado de vos. Me gustás mucho. Y no porque me debas algo. Porque sos vos.

Matías no supo qué decir. Nadie le había dicho algo así. Nadie había llorado por él de esa manera. Se fue igual, porque no sabía cómo quedarse sin sentir que tarde o temprano tendría que pagar con su cuerpo lo que recibía en afecto.

Zelizer lo habría explicado mejor que él: las relaciones humanas son siempre transacciones, pero no todas las transacciones son iguales. Con Carlos, el paquete relacional era claro: sexo por techo y comida, un intercambio donde la intimidad era solo un simulacro. Con Marcelo, las fronteras se habían vuelto porosas. El dinero no mediaba, pero sí el cuidado, la presencia, el tiempo compartido. Era lo que Zelizer llamaba "vidas conectadas": economía e intimidad entrelazadas de formas que no corrompen, sino que sostienen.

Matías respondió el mensaje: "Dale, voy."

Tercera parte: Territorios en disputa

El asado en lo de Marcelo fue incómodo al principio. Estaban las hermanas de Marcelo, un par de sobrinos, y Matías sintiéndose fuera de lugar. Pero Marcelo lo presentó sin titubeos.

—Él es Matías, un amigo muy importante para mí.

Las hermanas lo miraron con curiosidad, pero sin hostilidad. Durante la comida, hablaron de fútbol, de política, de cualquier cosa. Matías se permitió reír, relajarse. Cuando se fueron todos, se quedaron solos en el patio.

—Gracias por venir —dijo Marcelo.

—Gracias por invitarme.

—¿Cómo estás? ¿Necesitás algo?

Matías negó con la cabeza, pero Marcelo insistió.

—Si necesitás un lugar por unos días, sabés que podés venir. Sin condiciones.

La palabra resonó: sin condiciones. Matías sintió que algo se movía dentro de él, una tensión que había cargado durante años. El miedo a la vulnerabilidad, el miedo a necesitar, el miedo a que todo afecto escondiera una transacción.

—¿Por qué hacés esto? —preguntó Matías, genuinamente confundido.

—Porque me importás. Y porque sé que la estás pasando mal.

Esa noche, Matías durmió en el sillón de Marcelo. No hubo sexo. No hubo demandas. Solo una manta limpia y el silencio cómodo de dos personas que se entienden sin palabras.

Cuarta parte: La deriva y el anclaje

Los meses pasaron y Matías encontró un equilibrio extraño. Seguía haciendo changas, seguía alquilando piezas, seguía respondiendo ocasionalmente a clientes cuando el hambre apretaba. Pero Marcelo se había convertido en una constante, en un puerto al que volver cuando todo lo demás se volvía demasiado inestable.

Una tarde, mientras tomaban cerveza en el patio, Marcelo le preguntó:

—¿Alguna vez pensaste en dejar esto? Lo de los clientes, digo.

Matías se encogió de hombros.

—Es plata fácil. Y rápida.

—Pero también te cansa. Te veo cansado, Mati.

Era cierto. Matías estaba cansado de poner la mente en blanco, de vender una masculinidad que se suponía debía esconder cualquier rastro de vulnerabilidad. Illouz habría identificado aquí la paradoja del capitalismo emocional: Matías había aprendido a gestionar sus emociones como un recurso, a convertir su trauma en narrativa de resiliencia, a vender su competencia emocional junto con su cuerpo. Pero el costo era alto. La constante performance lo agotaba.

—A veces pienso que me gustaría otra cosa —admitió Matías—. Pero no sé qué.

—Empezá por pensar que merecés que te cuiden. No solo que te paguen.

Esa noche, Matías recibió otro mensaje de Carlos. "Necesito verte. Pago el doble de lo habitual."

Matías lo miró durante largo rato. Luego escribió: "No, gracias. Suerte."

Bloqueó el número.

Quinta parte: El devenir

Seis meses después, Matías había dejado de responder a la mayoría de los clientes. Todavía hacía changas, pero Marcelo le había conseguido un trabajo en la empresa de logística, en el depósito. No era mucho, pero era estable. Por primera vez en años, Matías tenía un sueldo que llegaba todos los meses.

Una noche, después de cenar juntos en la casa de Marcelo, Matías se animó a decir lo que llevaba semanas pensando.

—Creo que me gusta estar con vos. No como con los clientes. De verdad.

Marcelo sonrió, pero sin presionar.

—No tenés que decidir nada ahora, Mati. Podemos ir viendo.

—Es que… —Matías buscó las palabras—. Toda mi vida pensé que si me gustaban los tipos era solo por la plata, o por curiosidad. Pero con vos es distinto. Y me asusta.

—¿Por qué te asusta?

—Porque si acepto que me gusta, es como… dejar de ser quien era. Dejar de ser el hetero que solo hace esto por necesidad.

Marcelo se acercó y le puso una mano en el hombro.

—No dejás de ser nada, Mati. Solo te volvés más vos. Más completo.

Perlongher habría reconocido en este momento la superación de la deriva: Matías ya no necesitaba huir de las identidades fijas, ni esconderse detrás de la máscara del "miche-macho". Tampoco necesitaba anclar en una categoría rígida. Podía ser fluido sin que eso significara estar a la deriva. Podía desear sin que eso lo definiera por completo. Podía aceptar el afecto sin convertirlo en transacción.

—Quiero intentarlo —dijo Matías—. Pero sin apuros.

—Sin apuros —confirmó Marcelo.

Se besaron por primera vez sin que mediara un acuerdo, sin que hubiera dinero de por medio, sin que ninguno de los dos estuviera interpretando un papel.

Epílogo: La geometría posible

Un año después, Matías seguía trabajando en la empresa de logística. Marcelo y él no vivían juntos, pero se veían varias veces por semana. Matías mantenía su pieza alquilada, su espacio propio, porque había aprendido que la autonomía no era lo opuesto al afecto.

En la fundación, seguía siendo un referente. Había ayudado a cuatro personas a dejar el paco, y todos lo miraban como alguien que había logrado lo imposible: construir una vida desde las ruinas.

Una tarde, mientras compartía mate con el Toto, este le preguntó:

—¿Cómo hiciste, Mati? ¿Cómo saliste de todo eso?

Matías pensó en Carlos, en los años de vender su cuerpo como única estrategia de supervivencia. Pensó en Marcelo, en cómo había aprendido que el afecto podía existir sin condiciones. Pensó en sí mismo, en el niño de cinco años al que le pasó algo que nunca debió pasar, y en el hombre que había logrado convertir esa cicatriz en un motor para ayudar a otros.

—No salí solo —respondió—. Y no salí del todo. Pero aprendí que uno puede elegir con quién caminar. Y eso cambia todo.

El Toto asintió, sin entender del todo, pero confiando.

Esa noche, Matías cenó con Marcelo. Hablaron de sus planes para el fin de semana, de una película que querían ver, de nada y de todo. Cuando se despidieron, Matías sintió algo que hacía mucho no sentía: paz.

No era la ausencia de conflictos ni la certeza de un futuro perfecto. Era la posibilidad de habitar sus contradicciones sin destruirse en el intento. Era la geometría posible del deseo: no una línea recta, no un círculo perfecto, sino una figura irregular, asimétrica, pero suya.

Y eso, por primera vez, le bastaba.

lunes, enero 05, 2026

Mi Frontera Interior

 

Durante mucho tiempo pensé que mis heridas eran un secreto guardado bajo llave en el consultorio de mi analista. Creía que "Fernando", el hombre que intentaba reconciliarse con el fantasma de un padre difícil no tenía nada que ver con el "Fernando" que analiza políticas de seguridad o lucha por los Derechos Humanos. Hoy entiendo que estaba equivocado: mi acción política es la continuación de mi propia sanación.

Heredé una finca en Salta. Para muchos, es solo tierra; para mí, es el monumento a un mandato de hierro. Allí reinaba la ley de un padre que confundía masculinidad con dominio y posesión. Mi primer gran desafío político es íntimo: ¿cómo habitar esa tierra sin repetir la violencia? Decidí convertir la herencia en una reserva, en un espacio de cuidado. Al cuidar la naturaleza y a mis animales, realizo un acto de desobediencia creativa: dejo de ser el heredero del dolor para ser el autor de un nuevo relato. Si puedo cambiar la ley en mi propia casa, puedo cuestionar la ley en mi sociedad.

Esa "frontera" de la finca me llevó a mirar la frontera real, la de nuestro territorio. Allí veo reflejado el mismo autoritarismo que conocí en mi infancia: instituciones que operan bajo una lógica machista, que segregan lo diferente y que usan el poder para someter en lugar de proteger. Mi mirada sobre la seguridad no nace de los libros, nace de saber qué se siente vivir bajo un superyó que goza con el abuso.

Finalmente, mi historia se anuda con la de mi abuelo, Miguel Ragone. Su desaparición no es solo un dato histórico en un expediente; es un hueco en mi mesa familiar. Al luchar por su memoria, entiendo que no estoy solo cerrando un duelo personal, sino ayudando a que nuestra sociedad no repita el olvido. Lo que no se nombra, se repite. Por eso, escribir mi historia, cuidar mi tierra y defender la justicia son, en el fondo, el mismo acto de libertad.

lunes, diciembre 08, 2025

Noche de ruta: en el camino a Lesser

Anoche, cuando Juan ya estaba en la cama revisando el celular sin demasiadas expectativas, apareció el mensaje del policía: una invitación rápida para tomar una cerveza, como si fuera lo más sencillo del mundo. Juan dijo que sí casi sin pensarlo, por costumbre, por curiosidad y también porque había algo en ese hombre que siempre lo dejaba con una mezcla de intriga y calor en el cuerpo.

Un rato después, el patrullero lo pasó a buscar y salieron hacia la ruta de Lesser, donde vivía el policía, con la excusa vaga de tomar algo y charlar. En la cabina del auto, entre luces de tablero y la oscuridad de la ruta, la conversación empezó siendo liviana, pero pronto se hizo más densa: el hombre se acomodaba la entrepierna una y otra vez, lo rozaba al pasar los cambios, lo tocaba como al descuido, y el clima se fue llenando de una electricidad difícil de nombrar.


El juego del límite


Juan tenía, desde hacía tiempo, un pacto no escrito consigo mismo y con él: podía entregarse hasta cierto punto, pero no más allá. Lo repetía en chiste y en serio, como una fórmula de protección: había cosas que estaba dispuesto a hacer y otras que no, una línea clara que le daba la sensación de seguir teniendo el control. Pero esa noche, encerrado en el auto detenido al costado de la ruta, notó cómo ese límite empezaba a tambalear.

Entre caricias y apretones, el policía empujó la situación unos pasos más, con la seguridad de quien está acostumbrado a mandar. Juan sintió el tironeo entre su acuerdo previo y una calentura que ya le corría por todo el cuerpo; al final, en vez de frenarlo, lo guio con su propia mano, buscando lo que también deseaba. El placer fue llegando en olas cortas, acompañadas de un pensamiento insistente: esto no estaba en el plan, y, sin embargo, le gustaba.


La casa y el cuerpo expuesto


Cuando el policía propuso ir a su casa, Juan dudó: el hombre estaba ebrio, excitado, y él sabía que en ese estado los límites podían borrarse con facilidad. Sin embargo, el miedo se mezcló con la curiosidad y terminó subiendo al auto de nuevo, llevándose consigo una sensación de estar entrando en una zona de riesgo que lo atraía tanto como lo asustaba.

La casa, medio a oscuras, olía a una mezcla de alcohol, desodorante fuerte y humedad, como si guardara historias de noches parecidas. En el cuarto, la escena se cargó de intimidad torpe: Juan, expuesto, se dejó llevar entre besos, toques y gestos ansiosos del otro, mientras repetía mentalmente que “hasta ahí” y no más, que había un punto al que no quería llegar. Su cuerpo, sin embargo, respondía con una docilidad que lo sorprendía, acomodándose, ofreciéndose, probando.


Lo que el cuerpo decide


En algún momento, ya en la cama, Juan sintió que su propia resistencia se volvía más performativa que real. Podía decir que no quería, podía incluso oponerse con palabras, pero había una parte de él que, por morbo, por deseo o por pura inercia, seguía empujando la situación hacia adelante. Cada roce, cada pequeña invasión del espacio íntimo le devolvía una respuesta de placer que desmentía el discurso del límite.

Esa contradicción lo atravesaba por completo: una parte necesitaba sostener el relato de que “no era para tanto”, de que solo estaba jugando en la orilla de lo permitido; otra parte disfrutaba genuinamente la entrega y la sensación de estar cruzando una frontera largamente fantaseada. En ese vaivén, Juan descubría algo incómodo: a veces el cuerpo decide antes que la cabeza, y después la mente tiene que inventar explicaciones para no sentirse desbordada.


La irrupción de un tercero


La situación dio un giro inesperado cuando apareció el hijo del policía, un pibe de alrededor de dieciocho o diecinueve años que entró en el cuarto como si hubiera sido convocado para completar la escena. La presencia del chico cambió de golpe el clima: ya no era solo un juego clandestino entre dos varones adultos, sino una especie de ritual extraño donde se mezclaban autoridad, familia y deseo.

Juan sintió una punzada de incomodidad y, al mismo tiempo, un aumento del morbo que no supo bien cómo procesar. Había algo perturbador en ver cómo el padre habilitaba, casi ordenaba, la participación del hijo, como si estuviera cediendo un lugar que le pertenecía. Dentro de esa coreografía rara, Juan se descubrió prestando atención a cómo se sentía su propio cuerpo, anotando mentalmente cada sensación, cada contraste entre lo que esperaba y lo que realmente ocurría.


Después de la noche


Cuando todo terminó, la casa volvió lentamente a la calma y la ruta recuperó su silencio, Juan se encontró con el celular en la mano, contándole a Cristian lo que había pasado. Lo hacía en mensajes rápidos, con errores de tipeo, con frases cortadas, como si todavía respirara agitado y necesitara sacar todo afuera antes de arrepentirse. El chat se convirtió en el lugar donde podía ordenar la secuencia, exagerar, minimizar, reírse de lo que lo incomodaba.

Al reconstruir la historia, fue notando los detalles que más lo sorprendieron: cómo un límite que creía firme se había corrido casi sin darse cuenta, cómo el placer había aparecido en formas que no esperaba, cómo el padre y el hijo compartían una escena que lo dejaba con más preguntas que respuestas. Entre guiños y emojis, su relato mezclaba culpa, orgullo, picardía y una curiosidad renovada por entender quién era él en esa historia. Cristian leía al otro lado de la pantalla; Juan, mientras tanto, seguía pensando en la noche de la ruta, sabiendo que esa experiencia ya no iba a poder reducirse a “solo una anécdota”.

 

Un café entre dogmas y supervivencias: cuento corto en la cocina.

 

En “Un café entre dogmas y supervivencias” la escena es mínima y cotidiana: dos amigos gays, una cocina angosta, pan, queso y café compartido. Pero en ese espacio doméstico se despliega mucho más que una charla de sobremesa: entre insultos cómplices y chistes sexuales, Leandro y Matías discuten sobre masculinidades, fe, homosexualidad, salud, herencias y futuros posibles, dejando ver cómo las biografías marcadas por el VIH, la moral religiosa y la homofobia internalizada se entrelazan con los afectos y los proyectos de vida.

El relato combina el tono íntimo del cuento con claves analíticas accesibles para lectoras y lectores interesados en género, salud y vínculos: muestra cómo la agresión puede funcionar como forma de cuidado, cómo la “familia elegida” disputa el lugar de la familia biológica y cómo dos cuerpos cansados, atravesados por el estigma y la precariedad, inventan maneras resistentes de acompañarse. Es, al mismo tiempo, una historia de cocina y una puerta de entrada a pensar las masculinidades, la enfermedad y el deseo desde las orillas.

 


En la cocina


Leandro y Matías se encuentran en la cocina de Matías, una mañana de las pocas que se encuentran, que se parece a todas y a ninguna. Entre la pava al fuego, el pan lacatal y el queso cremoso  a medio usar aportados por  Leandro, vuelven a desplegar el viejo libreto compartido: se insultan, se provocan, se cuidan. El escenario es mínimo, pero la conversación desborda la mesa: ahí se juegan el cuerpo enfermo y el cuerpo ansioso, la culpa y el deseo, la fe y la rabia, la familia de sangre y la familia inventada.

 

I. El ritual de los sándwiches


La cocina es angosta y está demasiado llena de cosas: platos recién lavados, plantas que suman verde, el olor persistente del café recién preparado. Matías, inclinado sobre la mesada, unta el pan con una paciencia impostada.  Leandro lo mira desde la puerta, agarrado al marco, como si estuviera entrando a escena.

—Ay, hijo de p*** —lanza Matías, sin siquiera girarse.
—¿Y qué sándwiches? Mirá vos lo que te estoy haciendo, nene —responde  Leandro, exagerando la voz, marcando cada sílaba como si imitara a una actriz vieja.

Es su idioma privado: el insulto no hiere, abre la puerta de la intimidad. De inmediato empiezan las correcciones mínimas, el reparto del poder en migas.

—Ya nos comimos todo —protesta Matías.
—Ahí falta. No repartas más. Falta —insiste Matías, como si el orden de las porciones fuera una cuestión de justicia histórica.

Cuando  Leandro desliza el cuchillo sobre el pan, Matías se acerca y lo observa con falsa seriedad.

—Con suavidad se unta —dice  Leandro, casi pedagógico.
—Más. Pero poné más. Eso lo estás pintando —se burla Matías, y en el mismo gesto transforma la escena doméstica en chiste sexual—. Pero esperá, así te ponen crema en el orto para cogerte o te ponían, mirá, así. Ahora te pasa la lengüita. Todo humedecido.

 Leandro no se escandaliza; interpreta su papel:
—Qué pecadora que sos.

Entre risas, Matías anuncia que se va a mear, que está se está re meando, y promete seguir con “los sandwichitos” después.  Leandro, entre resignado y complacido, declara que los sándwiches ya están, y lo insulta con la familiaridad de quien conoce todas las cicatrices del otro.

La escena parece intrascendente, pero en cada gesto se condensa una forma de estar juntos: la burla sexual como forma de ternura, la grosería como prueba de confianza, la comida como pacto de supervivencia construida entre ambos.

Antes de probar el primer bocado,  Leandro remata la escena con una declaración de autoridad intelectual:
—Ay, que ya leería el machismo ahora que estoy estudiando de machos, sé todo. Estoy haciendo dos diplomaturas sobre masculinidades.

En esa frase se cruzan la cocina, la academia y la historia de ambos: el cuerpo que hace sándwiches, el cuerpo ofendido por el machismo, el cuerpo gay que aprendió a defenderse riéndose de sí mismo.

 

II. Dogmas del cuerpo: masculinidad, género, pecado


1. Masculinidades en disputa

La charla se desplaza casi sin transición: del pan untado al género, del chiste al dogma.  Leandro, inflado por sus diplomaturas, intenta nombrar el mundo en plural.

—Existen varias masculinidades, entonces —dice, casi desafiando.

Matías responde como si recitara un catecismo biológico:
—Hay una sola masculinidad. Así como hay hombre y mujer, nada más. Punto. No existe ninguna masculinidad, hay una sola.

 Leandro intenta abrir una brecha: señala que él y Matías no comparten la misma manera de “ser hombre”, que lo que viven, lo que desean y cómo se muestran no entra en una única categoría limpia. Matías, sin embargo, se aferra a la certeza del cuerpo óseo:

—Vos “sentite como quieras, pero vos sos hombre. Te morís dentro de 100 años. Hablás en el cajón. No hay órganos porque está todo podrido. Investigan los huesos y saltamos hombres. Los hombres. Punto.

La escena tiene algo trágico y cómico a la vez: dos hombres gays discuten la masculinidad replicando, cada uno a su modo, los discursos que los excluyeron.  Leandro quiere pluralizar, pero a la vez también clausura, llamando “desviado” a quien no encaja; Matías se refugia en el hueso, en la prueba forense, como si ahí hubiera un refugio frente a la ambigüedad.

En esa discusión no está en juego solo una teoría de género, sino la manera en que cada uno puede o no; reconocerse como un hombre legítimo, pese a la experiencia de la abyección y el estigma.

 

2. Fe, culpa y regresiones

El salto hacia la religiosidad no es brusco; emerge de la misma matriz moral. Matías anuncia, con solemnidad cotidiana:
—Yo voy todos los domingos a misa.

 Leandro, que lo conoció en los 80, escucha esa frase como si le hubieran cambiado el guion a mitad de la obra. Y continúa Matías confesando que ese mismo día rinde el examen para la confirmación.  Leandro reacciona con horror performático:

—Es lo último que podía escuchar de tu transformación. A misa! No quedó nada de ese adolescente de los 80.

Lo que se discute no es solo una práctica religiosa, sino una biografía compartida: la misa aparece como una traición a un pasado común de rebeldía, sexo, noche y miedo al sida en tiempos en que la enfermedad era casi una condena de muerte.

Matías se reconoce como ex monaguillo, diácono, devoto de la Virgen del Valle; para él, el retorno a la fe no es un giro, sino una restauración. Su moral se despliega con crudeza: toda sexualidad fuera del matrimonio es pecado mortal, incluyendo concubinato, divorciados vueltos a casar y homosexuales con vida sexual activa.

Y continúa anunciando algo que sorprende aún más a  Leandro. Cuenta que ha dejado de coger, de ver porno, de masturbarse, convencido de que ese sacrificio lo pone “en paz con Dios” y, sobre todo, consigo mismo.

La castidad aparece entonces como un extraño punto de encuentro entre culpa y cuidado de sí: una forma de recuperar control sobre un cuerpo marcado por la enfermedad, el deseo y el juicio moral ajeno.

 

3. Homosexualidad, patología y orgullo

Cuando pasan a hablar de la homosexualidad, el tono se vuelve más espeso.  Leandro afirma que no eligió ser gay. Matías, en una mezcla de ironía, autoagresión y teoría mal digerida, declara:

—Nosotros somos productos de una patología. Es un complejo de Edipo. Tenemos una sexualidad desordenada.

 Leandro intenta relativizar, señalando el carácter discutible de esa categoría, incluso recordando que ese tipo de diagnóstico viene de Freud y no de una verdad revelada. Matías, sin embargo, insiste: esa “patología” explicaría la imposibilidad de tener una vida ordenada, la dificultad para encauzar proyectos estables, la serie de amores rotos y entornos caóticos que los rodean.

Lo paradójico es que, en otros momentos, Matías habla de su vida afectiva como fuente de felicidad, celebra relaciones, fantasías, placeres que contradicen la idea de una existencia solo “desordenada”. En ese vaivén se percibe el efecto profundo de la abyección: incluso quien piensa críticamente, arrastra en su lengua restos de los discursos que lo llamaron enfermo, desviado, peligroso.

La charla, así, oscila entre la autoenunciación orgullosa (“es mi felicidad”) y la autoacusación patologizante. Esa contradicción es una marca subjetiva de la marginalidad: el sujeto internaliza los nombres que lo expulsan y, al mismo tiempo, los subvierte con su mera persistencia en el deseo.

 

III. Cuerpos cansados: salud, ansiedad y tiempo


1. Matías y la crónica cercanía de la muerte

Cuando hablan de salud, el tono se afloja y se vuelve más desnudo. Matías no exagera: inventaría, saca cálculos.

Cuenta su diagnóstico de VIH desde los años 80, la larga historia de infecciones, la sucesión de episodios de COVID, el sistema inmunológico erosionado durante décadas. Asegura que no le quedan más de diez años de vida como mucho, ya categorizado como geronte en la lógica médica, un cuerpo que la medicina mira desde la óptica del “riesgo acumulado”.

Lo dice sin melodrama, como quien repite una cuenta que ya hizo muchas veces. Su modo de seguir vivo es admitir la finitud a cada paso. Explica, casi didáctico, cómo un sistema inmunológico golpeado “agarra todo lo que anda dando vueltas”.

 Leandro, frente a esa dureza, intenta plantarse en un realismo esperanzado: lo invita a no sentarse a esperar la muerte, a reconocer que, si las estadísticas fueran destino, ya estaría muerto hace años. En esa insistencia hay una forma de cuidado: discutirle el pronóstico a Matías es negarse a asistir pasivamente a su autoentierro narrativo.

 


2.  Leandro, el pico de ansiedad y la finca

 Leandro, que por momentos se coloca como el “más sano”, relata su propia fragilidad: una gripe reciente, la sospecha de COVID, la disfonía y la tos, el cuerpo que se resiente después de una ola viral.

Pero donde se rompe es al hablar de la finca: cuenta que, al avanzar un paso decisivo en su proyecto rural, tuvo un “pico emotivo” tan fuerte que se quedó sin aire, que se fue “al carajo de la ansiedad, de la emoción, de todo”. No es solo enfermedad respiratoria; es el cuerpo somatizando la mezcla de ilusión y temor frente al futuro.

Matías, en una frase de refrán, le contrapone su propia filosofía: vivir en el presente para no quedar atrapado entre la angustia del pasado y la ansiedad del futuro. Esa máxima sencilla condensa una ética de supervivencia: cuando se ha vivido tantos años al borde de la muerte, el presente se vuelve el único territorio habitado con cierta soberanía.

 


IV. Fincas, herencias y familias posibles


1. La finca como proyecto y como trinchera

 Leandro habla de la finca como un horizonte de sentido: quiere estructurar en veinte años un espacio productivo que sobreviva a su propia vida, que permita que “otra gente pueda seguir”. Sueña con arrendar potreros, cultivar papas, criar gallinas, asociarse con jóvenes del pueblo para que encuentren allí trabajo y futuro.

Matías escucha esos planes con una mezcla de ternura y sarcasmo: le recuerda su edad, le calcula el tiempo, le baja las expectativas, casi como si intentara protegerlo del golpe de desilusión. Además, marca un límite tajante: puede dar un plato de comida, pero no meter gente —y menos jóvenes— en su negocio. En su lógica, abrir la estructura productiva a la “familia elegida” es arriesgar la propia supervivencia económica.

Las diferencias expresan dos modos de tramitar la marginalidad:  Leandro apuesta a un legado que lo trascienda y se vincula con otros, Matías se defiende blindando sus recursos. Ambos, sin embargo, están tratando de responder a la misma pregunta: ¿qué queda de uno cuando el cuerpo se desgaste del todo?

 

2. El peso de la familia biológica

El conflicto con el hermano y el temor a “destruir” la familia marcan la voz de  Leandro. Cuenta que su proyecto de arrendar un potrero ni siquiera fue escuchado; que la única lectura posible para su hermano es que quien no quiere criar vacas, traiciona el mandato paterno.

Sabe que, cuando sus padres mueran, la cuñada pedirá su parte, y que reclamar lo que le corresponde lo colocará en el rol del “hijo de puta que destruye la familia”. Vive atrapado entre el deseo de autonomía y el mandato de unidad familiar, en una trama donde ser varón gay, sin pareja estable y con otros proyectos, lo deja en posición de mucha fragilidad.

Matías, que ya aprendió a “no engancharse en la psicosis” familiar, le recomienda tomar distancia. Su propia experiencia de abyección lo ha llevado a construir un criterio de supervivencia: cuando la familia de origen solo opera como fuente de culpa y control, la única salida posible es poner un límite subjetivo, aunque el vínculo se resienta.

La tensión entre familia biológica y familia elegida atraviesa ambos relatos:  Leandro busca transformar la finca en lugar de acogida y trabajo para jóvenes; Matías levanta una muralla entre afecto y economía, pero, en otros planos, también arma sus propias redes de amistad, deseo y cuidado fuera del parentesco formal.

 


V. Jóvenes, deseo y “sexualidad desordenada”. El temor por volverse cuerpos sobrantes


Al final de la jornada, la conversación vuelve a la carne:  Leandro, casi picaresco, se declara fascinado por los “pendejos tan lindos” que aparecen en su vida. Cuenta encuentros sexuales con muchachos de veinticinco años, amores fugaces, re encuentros periódicos. Es su felicidad, insiste, como si necesitara que el otro reconozca cierto derecho al goce, incluso dentro de toda la moral condenatoria que ambos repiten por momentos.

Matías lo escucha y sentencia que esa es su perdición, que el chico está “totalmente prostituido”, que la generación joven es inconstante, sin objetivos, sin empeño. Habla de la “generación de cristal” como incapaz de sostener proyectos, lo que contrasta con su propia biografía de larga resistencia, enfermedad y supervivencias sucesivas.

En el fondo, lo que está en juego son dos temporalidades del deseo: la de quienes crecieron en un contexto de abyección radical, donde el sexo podía confundirse con la muerte, y la de una juventud más distante de ese trauma inmediato, pero atravesada por la precariedad y la inestabilidad generalizada.

 Leandro se aferra a esos encuentros como pruebas de que todavía es deseable, de que no ha quedado fuera del mercado erótico, pese a la edad y la marginalidad. Matías, más severo, ve allí la confirmación de la “sexualidad desordenada” que les impide organizar la vida. Entre ambos, sin embargo, late una misma cosa: el miedo a ser descartados, a volverse cuerpos sobrantes.

 


Análisis dialógico


1. Intimidad agresiva: el insulto como cuidado

El tono general de la conversación se sostiene en una paradoja: cuanto más se insultan, más se permiten decir lo indecible. El lenguaje agresivo funciona como puerta de entrada a zonas de máxima vulnerabilidad: diagnósticos médicos, culpa religiosa, deseos “impropios”, miedo a la herencia.

El ritual de los sándwiches condensa esta dinámica. Mientras se corrigen sobre cómo untar el queso crema, se abre un espacio de cuidado concreto (Matías cocina,  Leandro pide café), pero también se despliega la burla sexual, la ironía sobre el machismo, el chiste agresivo. La agresión opera como ecualizador: permite tratar temas serios sin caer en el tono solemne que, quizás, les resultaría insoportablemente expuesto.

Esta dualidad se repite en otras escenas: después de llamarlo “marica malcogida”, Matías escucha detalles sobre el recuento de CD4 de  Leandro; después de tildarlo de “desviado”, Matías confiesa su pacto de castidad y sus temores ante la muerte. La violencia verbal se vuelve, así, una forma torcida de hospitalidad emocional.

 

2. Diálogo de sordos y monólogos paralelos: escuchamos las heridas y no las ideas, para cuidarnos

En términos dialógicos, la conversación está llena de momentos en que ninguno escucha realmente al otro. Cuando  Leandro intenta introducir la noción de “masculinidades” en plural, Matías responde reafirmando su tesis esencialista sin atender a la argumentación. Cuando Matías expone su código moral religioso,  Leandro, en lugar de interrogarlo, se limita a mover su propia posición hacia la castidad como solución individual.

Estamos frente a un “diálogo de sordos”: no hay intercambio orientado al entendimiento, sino monólogos que se entrecruzan. Cada uno espera su turno para regresar a su marco interpretativo y protegerlo del cuestionamiento. Esta forma defensiva no anula el vínculo; por el contrario, lo estructura. Sus identidades están tan arriesgadas en estas tensiones que escuchar de verdad al otro podría implicar ceder terreno en la propia supervivencia simbólica.

Aun así, el diálogo de sordos coexiste con una escucha muy fina en otros registros: Matías registra el cansancio de  Leandro y le pone café delante; Matías capta el pánico de  Leandro ante la posibilidad de ser “el malo” en su familia y le ofrece una lectura distanciada de la “psicosis” del hermano. No escuchan las ideas, pero escuchan las heridas.

 

3. Ideología encarnada: salud, proyectos y deseo

El análisis del diálogo entre Matías y  Leandro muestra que las ideologías de ambos no son abstracciones, sino lentes con los que narran su salud, sus proyectos y sus relaciones.

El esencialismo biológico de Matías se refleja en cómo concibe su propio cuerpo: un sistema con límites definidos, cuantificable en CD4, con una historia clínica extensa pero ordenable en cifras y diagnósticos. Su fe refuerza esta visión: hay pecados claros, reglas claras, enfermedades que se sobrellevan con disciplina y resignación.

La perspectiva más psicológica y fluida de  Leandro se ve en su tendencia a vincular la enfermedad con picos emotivos, a leer el cuerpo como territorio de afectos y angustias, no solo de virus y células. Su apuesta por la familia elegida, la crítica a la “psicosis” familiar y la voluntad de nombrar las masculinidades en plural también derivan de ese marco.

En los proyectos de finca y en las relaciones con jóvenes, estas visiones vuelven a cruzarse: mientras  Leandro proyecta una comunidad productiva que lo trascienda, Matías advierte los riesgos de mezclar afecto y economía, contaminado por la experiencia de precariedad y traición. Ambos intentan reordenar la vida desde posiciones marcadas por un largo historial de exclusión.

 


Conclusión: abyección, margen y resistencia compartida


La relación entre  Leandro y Matías está atravesada por las marcas profundas de la abyección y la marginalidad que han atravesado sus biografías: homofobia internalizada, moral religiosa condenatoria, estigma asociado al VIH, precariedad económica y familiar. Esas marcas aparecen en su lenguaje patologizante, en la culpa que arrastran, en el miedo a no tener “vida ordenada” ni legado legítimo.

Sin embargo, el cuento y su análisis dialogal muestran que, en medio de ese paisaje hostil, ambos han tejido una forma resistente de acompañarse. La agresión se convierte en código de intimidad, el diálogo de sordos en ritual estable donde cada uno puede reafirmar su visión del mundo sin perder al otro, la cocina en una pequeña zona franca donde la enfermedad, la culpa y el deseo pueden nombrarse sin testigos externos.

Su vínculo no borra la abyección, pero la desactiva parcialmente: se insultan con las mismas palabras con que fueron insultados, pero ahora esas palabras circulan en un espacio donde no hay policía moral ni médico que los vigile. Cocinar juntos, discutir sobre la finca o la misa, hablar del futuro que quizá no llegue es, para ellos, una forma de preservarse: constituyen una microcomunidad de dos, hecha de heridas, dogmas y ternura, capaz de sostenerlos en el margen y, a su modo, de garantizar que ninguno de los dos tenga que enfrentar su propia precariedad completamente solo.

miércoles, noviembre 26, 2025

De la Matriz Ética a la Trinchera Social: El Viaje de la Identidad que Habilita la Vida Colectiva


La Intimidad Radicalizada: Cómo el Diario de un Sujeto se Volvió la Agenda de una Comunidad


Introducción: Los Pilares del Yo y las Fisuras del Mundo


Hay relatos que se escriben con la piel antes que con la tinta. La colección de estos ocho blogs, que se extiende desde la confesión íntima de un adolescente en 1984 hasta la detallada planificación de una estrategia ambiental o de salud mental en 2025, no es solo un conjunto de archivos; es el mapa de una conciencia expandiéndose. En su corazón late el "Personalisimo 1984 a 2025", un diario-bitácora que se atrevió a nombrar el deseo oculto, la tensión sexo-afectiva y el legado familiar no resuelto. Este acto de valentía íntima se convierte en la matriz fundacional de todo lo demás.

La aventura de estos escritos, impulsada por Fernando Pequeño, se desdobla en una doble dimensión simultánea: la íntima-subjetiva —la lucha por ser uno mismo— y la política-social —la lucha por transformar el entorno que niega ese ser. Este ensayo busca narrar ese viaje, demostrando cómo la necesidad de curar las heridas personales habilita, casi por necesidad ética, la vocación de sanar las heridas del mundo. La vida, como la política, no se espera: se escribe y se milita.


I. La Revelación del Yo: El Origen Emocional de la Disputa Política


El punto de partida es un acto de radicalidad emocional: el registro. El "Personalisimo 1984 a 2025" es el laboratorio donde la identidad de su autor se forja bajo la presión de los mandatos sociales y el anhelo irrefrenable de autenticidad. La Dimensión Principal que lo atraviesa es la Subjetividad Histórica e Identidad, un espejo donde se refleja la tensión entre el mandato familiar y la verdad del deseo.

La Proposición Central que rige esta bitácora es demoledora en su simplicidad: el proceso de elaboración de la identidad sexo-afectiva y personal es un recorrido que busca integrar el pasado reprimido con el presente analítico a través de la escritura.

Las derivadas temáticas de este proceso no son solo asuntos de diván, sino el caldo de cultivo de la agenda pública:

  1. La Lucha por el Nombre Propio: La confesión del deseo en 1984, envuelta en "cola de paja" (culpa), madura y se convierte en la defensa explícita de las DIVERSIDADES. El miedo a ser señalado en la intimidad se transmuta en la denuncia de la "Teoría del Impacto" y los discursos de odio de la extrema derecha. El sujeto que se oculta se vuelve el militante que visibiliza.

  1. El Legado y la Verdad: La necesidad de analizar y elaborar la figura paterna (PAPI) y el peso de la historia familiar se vincula directamente con la MEMORIA, VERDAD Y JUSTICIA. La búsqueda de una verdad personal se proyecta en la exigencia de la Verdad Histórica sobre el Operativo Independencia, entendiendo que el trauma colectivo y el trauma íntimo se alimentan mutuamente.

  1. La Vulnerabilidad Analizada: La reflexión sobre la propia fragilidad, el análisis y el psicoanálisis se convierten en la matriz ética del cuidado. Este sufrimiento destilado funda la sensibilidad necesaria para abordar la SALUD MENTAL en contextos de pobreza, o para comprender la violencia de la MASCULINIDAD hegemónica como un factor de riesgo


II. La Expansión de la Conciencia: De la Herida Personal a la Agenda Colectiva


La transición del yo al nosotros es el gran salto de este proyecto. El Objeto General del Conjunto de blogs es, en esencia, Generar conocimiento, promover la incidencia política y fomentar la organización de la sociedad civil para la defensa integral y transversal de los Derechos Humanos y Sociales en Salta.

Es aquí donde la escritura deja de ser catarsis y se vuelve acción organizada. Las tendencias más fuertes que surgen de esta convergencia son:

A. La Incidencia como Mando Ético (Dimensión de Control):


Los blogs no se quedan en la queja. Demuestran una obsesión por entrar en la estructura. El blog sobre el COMITÉ CONTRA LA TORTURA se enfoca en el monitoreo activo y la fiscalización, utilizando herramientas jurídicas como el Habeas Corpus para resolver la crisis humanitaria carcelaria. De igual forma, el blog AMBIENTE se inserta en el Consejo Económico y Social, demostrando que la defensa del bosque nativo pasa por disputar la normativa en el escritorio del funcionario. La lección es clara: la utopía se siembra en la institución.

B. La Deconstrucción de las Normas (Dimensión Crítica):


Toda la militancia se enfoca en desarmar las estructuras que generaron la confusión del "Personalisimo". La MASCULINIDAD es deconstruida no solo como un problema para las mujeres, sino como una condena de aislamiento y suicidio para los varones. Las DIVERSIDADES confrontan la normalización de la intolerancia. La MEMORIA desarma la narrativa oficial sobre la dictadura. Es un proyecto que entiende que no se puede ser feliz en secreto ni en un mundo injusto; la libertad es un ejercicio colectivo.

C. La Vulnerabilidad como Eje de Salud Pública (Dimensión del Cuidado):


El abordaje del sufrimiento en el blog SALUD MENTAL es la prueba de fuego de la matriz ética. No se trata solo de medicar, sino de entender que el consumo problemático es un síntoma de la "nueva pobreza," de la ruptura de lazos familiares y de la falta de un proyecto de vida. La ética del cuidado, aprendida en la introspección, se transforma en la exigencia de redes comunitarias y de un abordaje psicosocial que no excluya a nadie.


Conclusión: El Archivo del Corazón que Habilita la Vida


La aventura de esta escritura, que abarca cuatro décadas de registro, es más que una crónica; es un acto fundacional. La persistencia de la documentación y la reflexión constante en el Personalisimo no son narcisistas, sino vitales. La identidad del autor se consolidó no a pesar del riesgo de la exposición, sino gracias a la valentía de registrar.

Al nombrar el deseo, el conflicto, la incomodidad de 1984, el autor se habilitó a sí mismo para existir plenamente. Y, al habilitarse, descubrió que su lucha íntima era idéntica a la lucha social. El diario íntimo se convirtió en el mapa de ruta para la Asociación Miguel Ragone, demostrando que:

    1. La Vida se Habilita en la Verdad: El registro permite al sujeto integrar sus partes negadas. Sin esa integración, la acción política sería hueca. La militancia efectiva nace de la sanación propia.
    2. La Identidad se Consolida en la Proyección Ética: La identidad no es una foto estática, sino un proceso de constante reafirmación. Para el autor, esta reafirmación no se logra solo con el psicoanálisis, sino transformando el dolor subjetivo en una herramienta de liberación para otros. Al defender al preso, al bosque, al disidente o al joven adicto, el autor está, simultáneamente, defendiendo y consolidando la autenticidad de su propio recorrido vital.

La aventura de los blogs es, en última instancia, la demostración de que la vida misma, en su dimensión más profunda y más política, es un inmenso y necesario acto de Personalismo Transformador: la insistencia en que el yo, al ser verdadero, tiene la obligación ética de transformar el mundo que le rodea.


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De la Matriz Ética a la Trinchera Social | Infografía Interactiva
Análisis de Documentos 1984-2025

De la Matriz Ética a la Trinchera Social

"La Intimidad Radicalizada: Cómo el diario de un sujeto se volvió la agenda de una comunidad."

41 Años de Registro
8 Blogs Temáticos
~1000 Páginas Analizadas

I. El Archivo del Yo

El proyecto se sustenta en un inmenso corpus documental. El blog "Personalisimo 1984 a 2025" actúa como la columna vertebral biográfica, acumulando más de 340 páginas de registros íntimos. Este "peso" documental demuestra que la acción política no surge del vacío, sino de una profunda sedimentación de la experiencia.

Dato Clave

El registro personal supera en volumen a cualquier otra categoría individual, evidenciando que la subjetividad es la base de la construcción política.

Comparativa de volumen estimado de páginas por documento fuente.

II. La Expansión de la Conciencia

Un recorrido cronológico desde la primera confesión en un diario adolescente hasta la gestión de políticas públicas complejas en 2025.

1984

El Inicio del Registro

Comienza el diario personal ("Personalisimo"). Se documenta la tensión entre el mandato familiar y el deseo oculto. La "cola de paja" y la confesión íntima.

2000 - 2004

Politización de la Identidad

Inicio del activismo visible. Surgen los primeros registros sobre Diversidades. La identidad deja de ser un secreto para convertirse en bandera política.

2013 - 2016

Diversificación de la Agenda

Se funda la Asociación. Apertura de los frentes de Ambiente, Masculinidades y Salud Mental. La vulnerabilidad propia se proyecta como ética del cuidado hacia otros.

2025

Institucionalización y Resistencia

Consolidación en organismos (Comité contra la Tortura, Consejo Económico). Resistencia activa contra discursos de odio y defensa de la Memoria (50 años Operativo Independencia).

III. La Matriz de Transformación

¿Cómo se convierte el dolor privado en justicia pública? Este diagrama ilustra el mecanismo de "Personalismo Transformador".

Esfera Íntima (Origen)

Identidad & Deseo

Conflicto con la norma, sexualidad oculta, búsqueda de autenticidad.

Legado Familiar

La figura del padre (PAPI), la historia no dicha, el trauma generacional.

Vulnerabilidad

Soledad, fragilidad emocional, necesidad de cuidado y análisis.

Esfera Política (Destino)

Diversidad & Masculinidades

Activismo LGBTIQ+, deconstrucción de género, lucha contra discursos de odio.

Memoria, Verdad y Justicia

Juicios de Lesa Humanidad, señalización de sitios, resistencia al negacionismo.

Salud Mental & DDHH

Prevención de tortura, redes comunitarias, abordaje social de adicciones.

IV. El Espectro de Intervención

La Asociación Miguel Ragone no opera en silos. Su intervención es holística. El siguiente gráfico muestra cómo se distribuye el esfuerzo y la producción de contenido en las distintas áreas críticas, revelando un perfil que equilibra la Memoria Histórica con la Urgencia Social (Salud Mental, Ambiente, Cárceles).

  • Memoria: Base histórica e ideológica fundamental.
  • Masculinidades: Eje crítico transversal para la prevención de violencia.
  • Ambiente & Salud: Nuevos frentes de vulnerabilidad social y territorial.

"La utopía se siembra en la institución"

La aventura de estos blogs demuestra que la vida se habilita en la verdad. Al nombrar el deseo y el conflicto en 1984, el autor se habilitó para existir. Y al habilitarse, descubrió que su lucha íntima era idéntica a la lucha social. El diario íntimo se convirtió en mapa de ruta, probando que el yo, al ser verdadero, tiene la obligación ética de transformar el mundo.

Asociación Miguel Ragone & Fernando Pequeño

© 2025 Visualización generada a partir del análisis documental de 8 blogs fuente.

domingo, noviembre 09, 2025

Más que un Colegio, una Comunidad: Ensayo sobre la Alegría de Volver a Encontrarnos

Finca Los Pozos, Domingo 9 de noviembre de 2025

 A propósito de la nota de Lucrecia Martel que “nuestra” Martel nos invita a leer en el grupete.

Ver también
https://www.lanacion.com.ar/conversaciones-de-domingo/
lucrecia-martel-todo-ese-mundo-de-la-carrera-personal-del-prestigio-
del-premio-destrozo-la-utilidad-nid07112025/

El valor profundo de estar juntos

Compañeras y compañeros (o compañerxs):

Han pasado cuarenta años desde que egresamos del Colegio Belgrano. Hoy, los caminos nos llevan de regreso al mismo punto de partida, pero transformados por el tiempo, por nuestras experiencias y trayectorias. Nos volvemos a encontrar para celebrar, no solo lo que fuimos, sino lo que somos y lo que todavía podemos construir juntos. En este regreso, la emotividad de los abrazos, las risas y la nostalgia no para mí, señales vivas del valor de la comunidad que supimos tejer y que aún con el paso del tiempo, persiste.

Tiempos de reencuentro: afecto, humor y sentido

Reviviendo el chat del reencuentro, la alegría y la gratitud laten en cada mensaje: la emoción de vernos, de recordar historias compartidas, de darnos tiempo para apreciar la vida que tejimos juntos. Con humor y humanidad, nos reconocemos en los gestos y en la memoria, aceptando los cambios que nos trajo la vida y celebrando que el afecto atraviesa distancias y décadas. Compartimos fotos viejas y nuevas como declaraciones de identidad y pertenencia. De “la Perica Martel”, enlazada a la sensibilidad artística de Lucrecia, a quienes como en mi caso luchamos por el monte desde la raíz popular, nuestra diversidad también se reencuentra y se abraza.

En estos intercambios renace la comunidad: el grupo es refugio, es espejo, es la confirmación de que la vida vale más cuando la vivimos juntos, incluso desde el humor y la ternura de lo cotidiano. Como bien dijo uno de nosotros: sin este esfuerzo de reunirnos, “seguiríamos cada uno en lo suyo, encontrándonos solo por casualidad”. La celebración compartida es una reivindicación de la voluntad de ser y de hacer comunidad.

Cine, monte y diálogo: la comunidad como horizonte de sentido

Si miramos un poco más allá y cruzamos nuestras vivencias con el arte y la historia ambiental de nuestra tierra, el sentido de comunidad se profundiza. El cine de Lucrecia Martel —y su crítica al individualismo y la carrera personal— nos enseña que la conversación y el encuentro son la máxima aventura y el verdadero valor político de vivir. Al igual que en el cine, la trama de nuestra vida encuentra sentido real cuando se escribe en plural y desde la escucha.

Por otro lado, la defensa de nuestro monte y de los bosques nativos no es solo una causa ambiental, sino una apuesta al bienestar común, a los vínculos que nos unen a la tierra y entre nosotros. En la medida en que seamos capaces de dialogar —productores, artistas, defensores ambientales, gestores públicos, vecinos— podemos tejer una red que haga frente a la violencia, la fragmentación y la pérdida de sentido que hoy amenazan a la sociedad y a la naturaleza.

Ambas miradas —la del arte y la del monte— nos recuerdan que la comunidad no es un dato: es una creación permanente, frágil, pero poderosa. Es diálogo, cuidado, reconocimiento de la diversidad. Es también el recurso más importante para garantizar la felicidad y el bienestar real, mucho más allá de logros materiales o reconocimientos personales.

NUESTRO reencuentro como acto político y celebración vital

En este encuentro en el hermoso patio de los azares del Club, celebramos cuarenta años de historia vivida desde un origen común en el lejano ya Colegio Belgrano, pero más aún celebramos la persistencia de los lazos que nos sostienen. Nos reencontramos en la palabra, en el abrazo, en los recuerdos y en los sueños que aún podemos compartir. Construir y preservar comunidad —en el colegio, en la ciudad, en la defensa del monte, en la cultura— es el desafío y el horizonte que da sentido -desde mi más humilde opinión-  a cada uno de nuestros pasos.

Si el mundo se está haciendo más duro, más individualista, más fragmentado, la respuesta no es el encierro en uno mismo, sino la vuelta a lo colectivo. Que este reencuentro sea, entonces, memoria y promesa. Y que la conversación y la solidaridad que hoy renovamos nos sirvan como ejemplo para seguir tejiendo futuro, en comunidad y con esperanza. Los abrazo compañerxs.